Bleu, blanc, rouge. Azul, blanco y rojo. Pensar en Francia es pensar en esos tres colores, los de su bandera. Pero basta con hacer zoom sobre el país y escudriñar un poco más de cerca su infinito patrimonio, sus ciudades y sus paisajes para darse cuenta de que su paleta es mucho más amplia. Muchísimo más.
En efecto, entre los Alpes y el Atlántico, entre el Mediterráneo y su extremo norte, Francia está llena de colores que llaman la atención, dejan sin aliento y despiertan la curiosidad. Y lo mejor es que no son solo bonitos o instagrameables: detrás de cada uno de ellos hay historias, tradiciones y leyendas; hay sabores, aromas y sensaciones que sintetizan y nos transmiten el carácter del país.
De todo eso trata Colores de Francia: un viaje cromático por el país, el nuevo libro de Sergio García i Rodríguez. Un libro que propone una manera diferente de descubrir la geografía gala a través de cerca de una treintena de lugares repartidos por todo el territorio, desde ciudades a castillos, pasando por montañas, dunas, callejuelas, rutas de tren e incluso minas. En cada uno de los destinos seleccionados, un color sirve como punto de partida para explorar el lugar, conocer su historia y navegar por sus curiosidades.

Para empezar a descubrirlos —y aprovechando que Francia está a la vuelta de la esquina— el autor, que desde hace años es editor del cuaderno de viajes curiosos Singularia.blog, nos propone en este post un pequeño recorrido válido para cualquier fecha. O lo que es lo mismo: un color (y un rincón de Francia) para cada mes del año.
Bon voyage.
- Enero: el amarillo suave de las mimosas en Bormes
- Febrero: el blanco mayúsculo del Mont Blanc
- Marzo: la oscuridad profunda del Triángulo Negro de Quercy
- Abril: los azules salvajes de Belle-Île-en-Mer
- Mayo: el valiente rojo de los faros de Finistère
- Junio: la floración de las rosas en Loiret
- Julio: el púrpura de la lavanda en Valensole
- Agosto: el blanco de las páginas de Bécherel, la primera ‘villa del libro’ de Francia
- Septiembre: los colores del art nouveau en Nancy
- Octubre: el rojo del pimiento de Espelette
- Noviembre: el intrépido Tren Amarillo de los Pirineos Catalanes
- Diciembre: los ocres y terracotas de las traboules de Lyon
Enero: el amarillo suave de las mimosas en Bormes
Si cerramos los ojos e imaginamos el pueblo provenzal perfecto, probablemente se parezca mucho a Bormes-les-Mimosas. Entre el macizo de Maures y la luminosa Costa Azul, esta localidad de raíces medievales se despliega en empinadas callejuelas, plazoletas tranquilas y miradores abiertos al Mediterráneo y a las islas de Hyères.
Pero hay algo que define su paisaje por encima de todo: el amarillo luminoso y fragante de la mimosa. Llegada desde Australia en el siglo XIX, la flor encontró aquí un clima tan favorable que terminó por convertirse en emblema del lugar… hasta darle nombre al propio pueblo. El suave enero de la zona, época de apogeo de la floración de la mimosa, es el mes ideal para descubrirlo.

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Febrero: el blanco mayúsculo del Mont Blanc
Con sus 4.806 metros de altitud, el Mont Blanc se alza como la cumbre más alta de los Alpes, de Francia, de Italia y de toda la Unión Europea. Un gigante de hielo y roca que domina el paisaje alpino y que, en invierno, parece desplegar un auténtico arcoíris de blancos.
Blancos de nieve recién caída, de glaciares milenarios, de hielo compacto y de luz reflejada en las agujas del macizo. A sus pies, la histórica localidad de Chamonix recuerda, además, que aquí nació el alpinismo moderno y que este paisaje extraordinario es también uno de los grandes templos mundiales de los deportes de invierno. Febrero, en plena temporada de esquí, será el momento perfecto para visitarla.

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Marzo: la oscuridad profunda del Triángulo Negro de Quercy
Más negro que el carbón. Tan negro que, bajo ese cielo, ni siquiera distinguiríamos el vuelo de un cuervo en plena noche. En el Triángulo Negro de Quercy, uno de los lugares con menor contaminación lumínica de Francia, la oscuridad se convierte en espectáculo. Más aún cuando, como sucede aún en marzo, las noches son suficientemente largas.
Este rincón del suroeste francés, marcado por mesetas calizas, robledales y preciosos pueblos medievales como Rocamadour, guarda uno de los cielos estrellados más impresionantes del país. Aquí, cuando cae la noche, la vista no necesita esperar al amanecer para encontrar belleza: basta con levantar la mirada.

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Abril: los azules salvajes de Belle-Île-en-Mer
En 1886 Claude Monet llegó a Belle-Île-en-Mer buscando algo que le obsesionaba: capturar la fuerza cambiante del mar. Catorce años después de pintar ‘su’ célebre amanecer de Le Havre, el artista encontró en esta isla bretona un escenario perfecto para experimentar con luces y colores más salvajes.
Sus acantilados azotados por el viento atlántico y sus aguas, siempre cambiantes, ofrecían el desafío ideal para el pintor impresionista. Ha pasado más de un siglo desde entonces, pero los azules intensos de esta isla solitaria siguen fascinando al viajero igual que cautivaron al artista, y el inicio de la primavera se antoja un buen momento para comprobarlo.

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Mayo: el valiente rojo de los faros de Finistère
Finistère significa literalmente “fin de la tierra”. Y pocas regiones reflejan mejor ese nombre que este extremo occidental de Bretaña, donde el continente parece hundirse bajo el mar frente a un Atlántico indomable.
Acantilados abruptos, islotes azotados por las olas y una costa dura y ventosa conforman este paisaje desafiante que los amantes de lo extremo identificarán con el paraíso. Desperdigados por la línea de la costa verán cómo se mantienen en pie los faros que vigilan el litoral. Muchos de ellos están pintados de un rojo intenso y vistoso, que no busca sino ayudarlos a destacar entre la niebla y las tormentas. Son uno de los símbolos más reconocibles de este fascinante confín, y recorrer su silueta en mayo, cuando el tiempo se torna benévolo, será un acierto.

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Junio: la floración de las rosas en Loiret
En el departamento de Loiret, a unos cien kilómetros al sur de París, la rosa se siente como en casa. En esta fértil tierra bañada por el Loira y rodeada de castillos y viñedos, la más célebre de las flores encuentra uno de sus territorios predilectos.
Aquí se han creado durante siglos nuevas variedades de rosas, se han modelado nuevos perfumes y se han confeccionado nuevas tonalidades que, abarcando del blanco al rojo intenso y pasando por todos los rosados imaginables, han hecho famoso a este recoveco amable y ondulado de Francia. Nada mejor para conocerlo que la Ruta de la Rosa de Loiret, que recorre bonitos ‘pueblos de la rosa’ medievales como Yèvre-le-Châtel, palacios renacentistas e infinidad de jardines y rosedales. Y nada más indicado que hacerlo en junio, cuando las rosas florecen y decoran sin límites este paisaje donde naturaleza, historia y jardinería se entrelazan.

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Julio: el púrpura de la lavanda en Valensole
Cuando el tórrido verano de la Francia meridional alcanza la Alta Provenza, la lavanda transforma el paisaje para deleitarnos con postales tan icónicas como deliciosas. Los campos se llenan de hileras violetas que perfuman el aire y dibujan un mar de brotes que parece extenderse hasta el infinito.
Los locales la llaman “oro azul” (or bleu), por el valor que tiene, desde hace siglos, para la región. Y si hay un lugar donde este espectáculo alcanza su máxima expresión es la meseta de Valensole, donde la lavanda florece en uno de los paisajes más fotografiados del sur de Francia. Hacia mediados de julio, tiempo en que la lavanda se encuentra en plena floración y muchos de los pueblos de la zona celebran fiestas dedicadas a su más venerada flor, llegará el momento indicado para dejarse caer por el lugar.

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Agosto: el blanco de las páginas de Bécherel, la primera ‘villa del libro’ de Francia
En el pequeño y coqueto pueblo medieval de Bécherel, entre Rennes y Saint-Malo, el color dominante es, sin duda, el blanco de las páginas de los libros. Aquí surgió en 1989 la primera villa del libro de Francia, un proyecto cultural que transformó por completo el destino de un lugar que, en los años setenta, parecía condenado a quedarse sin habitantes.
Hoy, librerías, talleres y festivales literarios —como la Noche del Libro, el segundo sábado de agosto de cada año— llenan de historias este pueblo bretón. En sus calles y casas se cuentan setecientos residentes y quince librerías, y una densidad de literatura por habitante sorprendente. Un rincón donde, con empeño y compromiso, la cultura ha acabado convirtiéndose en la mejor respuesta ante el despoblamiento rural.

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Septiembre: los colores del art nouveau en Nancy
En plena belle époque, la pequeña y deslumbrante Nancy se convirtió en uno de los grandes centros del art nouveau europeo, capaz de rivalizar con París, Bruselas o Barcelona. Dotada de un marcado carácter cosmopolita por su transitada ubicación, a caballo entre Francia y Alemania, artistas, industriales y mecenas hicieron florecer aquí una de las escuelas de este evocador movimiento creativo, que aspiraba a transformar la vida cotidiana a través del arte, la sensualidad y lo orgánico.
El efervescente espíritu de aquella época todavía se percibe en edificios, cafés y brasseries históricas como L’Excelsior, con sus sublimes techos de color marfil, sus lámparas doradas y su decoración refinada de helechos y ondulaciones suaves. Pasear por Nancy es descubrir una ciudad donde el modernismo soñó a lo grande, y hacerlo cuando el otoño apenas arranca será doblemente agradable.

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Octubre: el rojo del pimiento de Espelette
Cuando el otoño llega al valle del río Urdazuri, el pueblo vascofrancés de Espelette cambia de color. Miles de pimientos recién cosechados se ensartan en ristras y se cuelgan de las fachadas blancas para secarse al sol.
El resultado es un espectáculo visual inolvidable: el pueblo entero se tiñe de un rojo intenso, casi granate, mientras se prepara uno de los productos gastronómicos más famosos del País Vasco francés. Un color que, meses después, viajará por todo el mundo en forma de especia, y que en octubre da pie a la mayor festividad del lugar: la Fête du Piment. ¡Imperdible!

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Noviembre: el intrépido Tren Amarillo de los Pirineos Catalanes
Desde hace ya más de un siglo, el entrañable Tren Amarillo recorre las montañas del Parque Natural de los Pirineos Catalanes a lo largo de la escarpada línea de Cerdaña, entre cumbres enharinadas, bosques de abetos e impresionantes puentes colgantes. Sus brillantes vagones amarillos, inspirados en los colores de la senyera, son una fantástica opción para una excursión en familia entre Latour-de-Carol y Villefranche-de-Conflent.
Este histórico ferrocarril de vía estrecha asciende hasta más de 1.500 metros de altitud, y conecta pueblos que durante muchos siglos vivieron aislados. Más que un simple trayecto ferroviario, es una pequeña proeza de ingeniería que permite descubrir uno de los paisajes más espectaculares del sur de Francia.

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Diciembre: los ocres y terracotas de las traboules de Lyon
Bajo las calles del viejo Lyon se esconde un laberinto de pasadizos, escaleras y galerías conocido como traboules. Antaño servían para atravesar la ciudad de un barrio a otro entre patios y edificios, facilitando que la seda que se producía en Lyon durante el Renacimiento pudiera ser transportada ágilmente a través de la trama urbana de la ciudad para, posteriormente, ser embarcada en el río Saona hacia el extranjero.
Hoy, recorrer las traboules es también dejarse abrazar por una cálida paleta de ocres, cremas, rosados y terracotas que reflejan la historia de la ciudad. Un microcosmos urbano lleno de secretos donde lo mejor no es encontrar la salida… sino dejarse perder. Y diciembre, cuando Lyon celebra la Fête des Lumières, puede ser el momento más oportuno para hacerlo.

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